MicroRelatos

Relatos pequeños, sintéticos, casuales, sobre eventos fortuitos, aunque también sobre cuestiones centrales de la vida sociocultural de Chiapas.


LUNA ILUMINADA. Antonio Cruz Coutiño.
[Para mi Blanqui negra] 
Esa noche te vi esbelta. Yo era uno de los pescadores que una y otra vez aventaba la red al mar, cuando la marejada se retira con todo y guijarros de la arena. A la luz de la luna encendida y las estrellas, pacientemente restiré la atarraya. Traje hasta la orilla el bocado, sacudí con fuerza y recogí las pocas sardinas que arrastró la red. Fue entonces cuando te vi. Te observé como una visión que a mí mismo transformaba. Con tu falda larga y delicada, llena de obscuridad, y tu rostro iluminado por la luna.

    Tus cabellos echados al cielo, eran agitados por la brisa. Tus senos descubiertos, claramente mostraron el pequeño haz de los pezones, pero muy pronto tus brazos bañados de plata se cruzaron sobre el pecho y uno de tus dedos índices rozó seguramente tus labios encendidos. Desde el agua que cubría mis tobillos no pude distinguir más. Una niebla mortecina se impuso entre nosotros. Tú estabas en la playa, más arriba, cuando la pleamar se aleja.

     Y no reconocí tus ojos, tu mirada apacible, ni el nácar de tu frente iluminada. Tampoco el lunar de tu vientre, confidente de tus sueños. Pero eras tú. Ni duda me cabe. En octubre las mujeres cándidas, las de la perdición de los hombres —las de nuestras fantasías— no se atreven a desafiar a la luna, ni al mar espejo, ni a las arenas exaltadas. No era ninguna imaginación. No estaba enfermo. 



Su siempre Augusto. Antonio Cruz Coutiño. 
Hola hola. Bien, muy bien mujer, aunque ya sabes... me emputan, me indigestan los nombres de los autores y sus textos gloriosos. No obstante, guardo para mí esta imagen: la del París “toldo rojo corazón de sus cafés a media calle, hilera larguísima de visitantes que esperan turno para entrar al Louvre, vitrales poliédricos y multicolores de Notre Dame, por donde se filtra el sol igual que hace siglos; azul fosforescencia de los árboles en los Campos Elíseos...”

     Si mujer. Me has hecho recordar aquella corta estancia ahí, en uno de los hoteles de la cadena IbisHotel. El cuarto que habité así, en todo sentido, en el octavo piso, desde el cual observamos cada tarde, aquel inmenso estacionamiento de buses, trocas y tráilers barajustados. 

     Al fondo, desde la derecha, y hasta la mitad de mis ojos, corrían las doce o catorce vías del tren que desde las periferias de Francia confluyen en la estación de Boulogne. Hacia la izquierda, como desde El Aguaje al centro de Tuxtla, efectivamente, divisaba la majestuosa aguja del Eiffel, por esos días, y de noche, iluminada con destellos luminiscentes blancos, tan blancos como el azul que imaginamos cuando el hielo transparenta su frialdad extrema. Y hacia el extremo izquierdo de mis ojos: the wall, la pared sofocante e inmensa de un edificio antiguo, recién despojado de sus vecinos, cubierto por un graffiti igual de inmenso, desde el cual brotaban como desde el fondo de la tierra, manos sarmentosas, víboras y rostros exaltados. Veían hacia el sol, oro, diamante y sangre, corazón de algún imperio.

     Esto recuerdo: el ulular de las sirenas de la Rue Saint Simon, el pitido incesante, lejano, de los trenes del sur de Francia, sobre todo a media noche, y el buen jazz que ahí encontré, por las mañanas, sintonizando las radios del Ayuntamiento, La Sorbona y el Ministerio de Cultura. Música de todo el mundo sí, pero en especial aquella que nos identificó siempre. Siempre durante aquel nuestro infierno de gloria. Jazz, repito, pero blues también, bossa nova y tango, y algo del genial Eric Satie, el desconocido, el borracho, el de los acordes de miel y susurros para nuestros oídos. Bien por Ud. niña aseñorada. Bien por haberlo descubierto. Su siempre Augusto.


Minicuento de jaguares. Antonio Cruz Coutiño.
Hace mucho, mucho tiempo, era difícil y aventurado viajar a pie. Había jaguares y toda clase de animales peligrosos en los bosques. Cuando los jaguares atravesaban los caminos, asustaban a la gente con sus rugidos. Por eso, cierta vez que las autoridades perseguían a un hombre en la selva, a éste se le ocurrió sacar el espejito que portaba. Cuando el jaguar vio sus propias fauces abiertas, se detuvo aterrado y huyó. Creyó que frente a él y en sus manos, otro jaguar lo perseguía.




LUCIÉRNAGAS. Antonio Cruz Coutiño. 
El reino de los insectos todo era felicidad. Había mariposas, abejas, orugas y mucho más. El reino era gobernado por la Mariposa Monarca. Pero esa felicidad no duró mucho: en las noches unos bichos que se alimentaban de insectos comenzaron a atacar. El ejercito monarca no podía hacer gran cosa, pues los depredadores llegaban de noche. Ante tal situación la Monarca reunió a los sabios insectos, y la oruga que era la más vieja dijo:

—Bueno… para resolver el problema es necesario crear otra luz como el sol. Hay que asustar a los enemigos.

—Si atrapamos un rayo de sol sería suficiente —dijo la mantis.

     Viendo las propuestas, buscaron la forma de traer un rayo de luz, aunque… la propia Monarca lo vio imposible. La oruga caminaba oscura sobre la ramita de un árbol. Se sentía triste. Su idea no había sido atendida, pero de pronto escuchó voces de auxilio. La oruga se espantó y aunque preguntó quiénes eran, se le notaba su carita triste y lloraba. Una de ellas dijo llamarse Ernaga y la otra Lucy. La oruga les ayudó; estaban atascadas en el agujero de un tronco. Preguntaron por qué lloraba, y ella les platicó.

     Entonces Lucy ofreció ayuda, pero dijo que debían vivir en el reino si lograban atrapar la luz. La Monarca aceptó las propuestas de Ernaga y Lucy, y estando en el reino… se sorprendieron todos los insectos. En el momento en que ordenó la mariposa Monarca que hicieran lo prometido, Ernaga sacó una piedra, la hizo polvo y con él cubrió su cuerpo y el de su hermana. Y desde entonces brillaron como lámparas frescas y se quedaron sorprendidos y la reina agradecida.

    Cuando los depredadores llegaron, vieron las luces; se asustaron y no volvieron más. Fue entonces cuando la reina dijo que debían combinar los nombres para que se llamaran así. Y por eso ahora se les llama luciérnagas.

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