lunes, 12 de junio de 2017

El Tenampa y La Concordia



© El famosísimo Tenampa. Servilleta de papel. Ciudad de México (2011)
Para Alma, Irma y Miguel Ángel

Supe del Tenampa y la Plaza Garibaldi por primera vez, cuando tenía once años, o tal vez menos. Por las fotografías que durante algún tiempo conservó mi padre, relativas a su única incursión a éste, el primer antro de mariachis, birria y tequilas del país.

 Fue extraordinaria e incluso inesperada su gira por la ciudad de México, pues nunca ha sido ordinario que las personas sencillas y de escolaridad escasa sean regidores de algún municipio. Cabal lo que le ocurrió a mi padre. Así que fue extraordinaria tal visita: el Ayuntamiento Cuxtepequense encabezado en los años 70 por Márbel Coutiño Guillén —previa venia y salvoconducto del Doctor Manuel Velasco Suárez, entonces gobernador de Chiapas— fue recibido por el Presidente de la República, el inefable Luis Echeverría Álvarez.

Supongo que emprendieron el viaje, aunque no me consta, con el fin de inscribirse al besamanos típico de esos años y agradecer al Entusiasta Señor Presidente, por si algo hiciera falta, la terrible inundación de nuestro pueblo, junto con sus mejores tierras, asiento y comarca de la pequeña ciudad de La Concordia.



En las fotos, desafortunadamente desaparecidas, además de mi tío el médicoMárbel Coutiñoy mi padre Eduardo —hijo de Mariantonia Cristiani Coutiñoy Ernesto Cruz Solórzano—, creo recordar los rostros de Alfonso Lara Aguilar, Roberto García Cañaveral, Goyito García Aguilar y Segundo Gómez Jiménez: todos enjaezados con sombreros charros de utilería, acompañados de una o dos damas, éstas sí, auténticas aunque de mirada oblicua. Sobre el par de mesas posaba un pomo de tequila Cuervo, que igual pudo haber sido Herradura, Sauza,Orendain, Viuda de Romero o alguna marca de esos años. 

Mostraban al fotógrafo sus sonrisas también extraordinarias, sus caballitos de tequila o sangrita, como diciendo ¡Salud!, aunque alguien aparecía con el tarrito en los labios. Al fondo se veían mariachis y tiras multicolores de papel picado. Chance y era septiembre al igual que hoy.
Pero… la cuestión es que de eso ya hace 40 años, pues tal suceso data de más o menos 1971, y lo importante es que he vuelto a rememorar. Sí. Recordar al Tenampa, justo ahora cuando cumple un año el fallecimiento de mi padre, cuando también por enésima vez, he estado en la esquina más importante de la Plaza Garibaldi, la plaza de los mariachis de México: la esquina delTenampa, el mismo de siempre, el de las fotografías extraviadas del Ayuntamiento.

 El mismo lugar, la misma gente, el mismo mobiliario y barra, tras cuarenta años de historia; aunque todo modificado por el mismo tiempo y por la misma gente. El Tenampa de ayer, fijo en las fotografías de todos los tiempos desde su fundación en 1925, y el Tenampa de ahora, modificado y algo diferente, pero igual tan nuestro como de todos los mexicanos; los de hoy y los de las generaciones idas.

Así que describir y redescubrir El Tenampa, en estas fechas, es por lo menos catártico. Porque recuerdo a Eduardo Cruz mi padre, porque septiembre vibra en las entrañas de todos —aunque seamos en verdad más centroamericanos… perdón, más chiapanecos que mexicanos—, y porque las cantinas son, por si alguien le cabe duda, el santo y seña de los verdaderos ciudadanos, los honorables. Del mismo modo que para los cristianos persignados, el templo de sus plegarias, su iglesia o capilla, es efectivamente, centro o razón de su identidad.

Tenampa entonces, estoy contigo o estoy en vos; con los mariachis dentro, con sus letras y entonaciones en la Sala Principal y en El Patio, salón privado, confundidas sin embargo, con el huapango jarocho de los soneros veracruzanos. Quizás el mismo que motivó tu nombre: T-e-n-a-m-p-a, alcaldía autónoma en la región de las montañas, al centro de Veracruz,tenam y apan, voces mexicas que refieren fortalezas o murallas, aunque varios textos te asocian a una antigua marca de habanos (quizá del mismo estado de Veracruz) o a la cómplice conjunción de los vocablos venéreostenebra, tenebroso y hampa, como se lee en la página electrónica de tercera que a propósito te dedican.

Estoy aquí entonces, en El Tenampa, donde corren, van y vienen las y los meseros de negro y blanco; sirven cervezas, rones y brandis, aunque en especial tequilas; pequeños platos con limón y sal, botanas y asados formales, pero sobre todo birria “al estilo Jalisco” e igual, pozol hidalguense. Todo a mitad del bullicio: enjambre de letras viejas, nuevas y revisitadas, arpegios y melodías de ayer —aunque también contemporáneas—, arpas y violines, vihuelas y trompetas, ajúas y alaridos, y hasta algún dolor o congoja, como la del tipo de enfrente. Él se enjuga las lágrimas en el pecho de su amada, mientras ella lo abriga. Se reincorpora, parpadea y de pronto grita: ¡Viva el amor! ¡Viva el placer! ¡Viva México, cabrones!

Veinte o 25 años tiene que frecuento la Plaza Garibaldi y el Salón Tenampa —este último su verdadero nombre oficial—, y desde entonces, el muro lateral de la escalera que conduce al Salón de La Negra (comedor, salón de baile y “convenciones”) siempre exhibe nuevas y viejas estampas… textos y fotos que refieren el bar. 

La barra enorme, hoy tan sólo ocupada por tres hermosas mujeres rubias, alemanas o algo así, ofrece sus tradicionales ponches calientes, sus mezclas aperitivas. Sobre sus muros aún resaltan los nombres, retratos y textos de lo mejor de la música tapatía, asimilada desde hace tiempo por todo México y los mexicanos en general. Ahí están Lucha Villa, Lola Beltrán, Pedro Vargas, Luis Aguilar, Lucha Reyes, Pepe Guízar, Pedro Infante, Javier Solís, Miguel Aceves Mejía, Amalia Mendoza La Tariácuri y José Alfredo Jiménez.

Pero tienen lugar en los muros, además, dos compositores románticos inmortales: el maestro Agustín Lara y el nunca bien ponderado Juan Gabriel, al igual que La Prieta Linda, Queta Jiménez, de quien la neta, nunca supe ni recuerdo nada. Aunque quien se lleva de calle a todos, por increíble que parezca, es Cornelio Reina, quien efectivamente reina durante los años 70; aquel que aunque su voz —ahora mismo la recuerdo— no era tan adecuada al ritmo ni a la retórica de la música ranchera, ha sido hasta hoy el único… eso creo, a falta de información puntual, el único letrista que refiere por su nombre al Tenampa. Y en fin, para cerrar con broche de oro, aprovecho esas letras diáfanas, y con ellas me despido.


Ah cuántas veces me han sacado del Tenampa,
ya bien borracho y con un nudo en la garganta.
Voy por la calle… cantando mis canciones,
y los mariachis van pisando mis talones.

Les pedí veinte, treinta, cinco mil canciones
y me cantaron “me caí de las nubes”.
Me revolqué, grité y canté de sentimiento;
me recordaron a un amor que yo antes tuve.

En El Tenampa se recuerdan muchas cosas
y los mariachis son los amos y señores.
Te tomas cuatro, cinco, veinte o treinta copas
y las canciones te recuerdan tus amores.

Les pedí veinte, treinta, cinco mil canciones
y me cantaron “me caí de las nubes”.
Me revolqué, grité y canté de sentimiento;
me recordaron a un amor que yo antes tuve.

En El Tenampa se recuerdan muchas cosas
y los mariachis son los amos y señores.
Te tomas cuatro, cinco, veinte o treinta copas
y las canciones te recuerdan tus amores.

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