lunes, 22 de mayo de 2017

Vivir, aprender y enseñar

Hola hola. Muchachas, estudiantes de nuestra Facultad. Gracias por acompañarnos. Gracias compañeros profesores, profesoras, organizadores del evento, por invitarme a esta reflexión. Créanme que no sabía de la invención del Día Internacional del Docente por parte de la UNESCO… buen pretexto para reunirnos y expresar nuestras experiencias en el campo de la docencia universitaria.

Hace años, cuando terminé mis estudios de Sociología en San Cristóbal, el más valioso de mis profesores me dijo: toñocruz, esta es tu oportunidad. Han autorizado dos plazas temporales como profesores adjuntos y uno de ellos puedes ser vos. Podrías ser mi ayudante. Hacer carrera como profesor. Lo miré, y a bocajarro le respondí que no. No maestro. Sí voy a volver, se lo prometo, pero cuando la vida y el trabajo me hayan dado la experiencia y los conocimientos suficientes para enseñar. 



Ya no recuerdo, o no conviene recordar, ni su rostro ni sus palabras, aunque guardo hasta hoy cierta nostalgia: a pesar de nuestro gran afecto, nunca más me dirigió la palabra. Con el tiempo se fue de San Cristóbal, tuve la oportunidad de saludarlo cuando hice la maestría, le escribí un par de veces mediante la red pero nunca respondió. Fue entonces cuando le perdí la pista.

Como es comprensible, mi querido profesor se enojó hasta el alma. Y como fui uno de esos, que a finales de los 70 y principios de los 80, alternó la Universidad con el trabajo y la militancia política —ojo: nunca partidaria—, sin contar chelas, novias y lo demás, puees, tal vez mi respuesta no fue muy inteligente. De seguro, como todos los de mi generación, creía que teníamos a Dios cogido de los pelos, y entonces, no aprendimos a escuchar razones.

Pronto me casé, me encantó el trabajo de promoción, extensión y organización rural; los caminos polvosos y a pie de varias comunidades, las largas conversaciones con gente mayor; mis incipientes cursos de capacitación a rancherías, ejidos y Ayuntamientos. Luego hice “carrera” aunque en la gris burocracia y, sin embargo, como le prometí a mi profesor, volví. Volví hasta que, efectivamente la vida, la familia, el trabajo y los amigos, algo me habían enseñado.

Y eso ocurrió en 1997, quince años después de la licenciatura, y tras haberme acercado —claro lo recuerdo— al amigo Marco Antonio Ovando, para que me enseñara a enseñar. Dos veces ex profeso, frente a las típicas mesas de 70 por 70 conversamos sobre el tema. En dos ocasiones asistí a sus clases y… como echando a perder se aprende, otro buen amigo, don Arturo Morales Urioste, rector de la Universidad Privada Fray Bartolomé de Las Casas, me dijo que sí, que escogiera dos asignaturas. 

Me gustaron dos nombres rimbombantes: “Metodología de la Investigación” y “Geopolítica de las Relaciones Internacionales”. Dos semestres permanecí con él; creí que como entrenamiento era suficiente, y fue entonces que toqué las puertas de un desconocido, un desconocido para mí a principios del 98: las puertas del director de la Facultad de Humanidades, Carlos Rincón Ramírez, quien me facilitó las cosas como profesor de asignatura.

No obstante las ocho horas semanales de clases, continué mis labores dentro de la administración pública, incluso universitaria, hasta a principios del 2003, momento a partir del cual obtuve la plaza de tiempo completo, pero sobre todo… obtuve o asumí, en febrero o marzo de ese año —de acuerdo con mi pequeña familia— el compromiso de dedicarme a tiempo completo exclusivo a las labores que la formación universitaria implica: clases, investigación, dirección y lectura de tesis, divulgación, tutoría y algo de gestión. 

Y… lo que fue una especie de sueño, se cumplió: tras aquilatar mil experiencias y acumular lecturas adicionales y algo de madurez ―impartir clases acotadas a un aula y a jóvenes que bien podían ser nuestros hijos― me pareció la cosa más ordinaria del mundo, pero al mismo tiempo, la más grande y sublime, la más satisfactoria y prestigiosa de cuantas tareas habia efectuado.

Muy pronto aprendí a conversar con estudiantes, a escuchar la interpretación de sus lecturas, a conocer sus deducciones basadas en experiencias y textos leídos, leer sus balbuceos, sus limitaciones o acaso ausencias de formación; pero también aprendí a descubrir sus rostros iluminados, a escuchar sus voces fuertes y seguras, a descubrir vocaciones bien encaminadas, a observar inclinaciones evidentes, por ejemplo, hacia la escritura o el periodismo… 

Y entonces sentí cómo todo eso, todas estas impresiones diversas, eran las que me faltaba conocer, para conectar a ellas, las vicisitudes que me había prometido aprender afuera y enseñar después. Esto era lo que me faltaba hacer. La pieza que aún ayer no sabía si encajaba en alguna parte, esta docencia a la que seguramente estaba predestinado.

Y todo ocurre en un momento crucial: cuando concluyo mi experiencia burocrática, cuando tengo dos o tres diplomados y una maestría, cuando le doy cierto giro a mi vida, cuando tengo a un hijo adolescente casi joven, y todo eso aquí, para orgullo de Ustedes, aquí en nuestra Facultad de Humanidades, a pesar de sus pesares.

 Me refiero a los pesares de nuestra Facultad, sus infra-condiciones, aquellas clases de más de 30 alumnos, 40, 50 e incluso más, que ojalá ya sean cosas del pasado. La oveja negra, la abandonada a su suerte, la excluída de los presupuestos y directrices universitarias. Parodiando al viejo Porfirio Díaz: pobre mi Facultad: tan lejos de Dios aunque cerca de Rectoría.

Pero… ¿Porqué decía que en mis inicios la docencia me pareció la cosa más natural del mundo, pero la más sublime, prestigiosa y comprometedora? Porque era para mí tangible, que en el áula extendía mi labor de padre, de tutor, de educador; mi labor formacional, educativa; la factibilidad de mi ascendencia sobre la formación crítica, humanista y profesional de otros; la posibilidad de mi influencia o aportación a la educación de personas extrañas a mi familia. 

Algo más: porque con un mapa de Chiapas sobrepuesto al pizarrón del aula, adquirido con mi dinero y no a costas de la institución, descubrí que con relativa facilidad, podía contextuar cualquier idea conceptual al ámbito histórico, geográfico, social, político o cultural de Chiapas y esto —sin ínfulas— se debía a mi experiencia anterior, a mis ires y venires por los caminos de Chiapas, nuestra tierra.

Otra: porque a mi parecer, los profesores universitarios coadyuvamos a la formación de Ustedes, a la formación de nuestros hijos, durante el último tramo de su instrucción formal; antes de abrir sus alas plenamente y emprender el vuelo, antes de incorporarse explícitamente al mercado laboral, antes de asumir las responsabilidades en las que nos relevan —en las que sustituyen a los de la generación anterior—, antes de casarse y tener hijos, antes de su transformación en lo que toda madre y padre, en su buen juicio sueña: verlos convertidos mujeres y hombres provechosos; profesionales verdaderos y no solo simples profesionistas empleados.

Porque desde mi inicial docencia aquí, aún hoy, me ha tocado el honor, el privilegio de impartir diversas asignaturas, nunca como titular ni dueño de ninguna. He reformulado algunos programas y elaborado otros, siempre nuevos, como aquel de Formación Económico-Social de Chiapas para comunicólogos; el de La Frontera Sur y su Problemática para bibliotecólogos, el de Proyectos Sociales de Comunicación, o el que ahora imparto sobre Multiculturalismo e Interculturalidad.

Porque, por mi experiencia digo, que a los profesores no sólo las incumbe garantizar la formación profesional de nuestros alumnos; eso que implica razonamiento, lógica, métodos, técnicas, herramientas y desarrollo de habilidades, sino también verificar que lean, forzarlos a que escriban, descubrirlos en sus maromas cibernéticas, enojarnos ante el plagio, inducirlos al placer de la lectura, reinventar con ellos la imaginación, efectuar de las repente algún viaje de campo, sufrir con ellos cuando reprueban, obligarlos a comprar libros en vez de caguamas, sermonearlos de vez en siempre y prohibir absolutamente… contestar teléfonos, fumar en los pasillos, poner las patotas sobre el pupitre de enfrente. Complicar sus faltas, e inhibir cualquier cosa que no sea poner atención y participar en clase.

Todo esto hago, aunque a veces se enojen, con dolor de mi corazón; sobre todo cuando tras prórrogas y advertencias, continúan entregando textos ilegibles, informales, sin orden ni concierto. Y en ello, compañeras, compañeros, se sintetiza mi incipiente desempeño, de vuelta en casa, de vuelta a la Universidad que igual que a Ustedes ahora, antes templó mis primeras herramientas, fraguó mis cimientos iniciales.

Dos satisfacciones tengo: una, cuando de suerte por la calle, en el café, en el restaurant, en la red, en el twitter e incluso en la cantina, más de alguna o algun egresado, en voz alta me dice: ¡Hola Profesor! ¡Hola Tícher! aunque ya no recuerde sus nombres, y dos: ahora sí, muuy de repente, cuando fuera de guión, fuera de programa, e incluso fuera de mí mismo, le tiro a mis alumnos un rollo de aquellos, termino sudoroso y al fin me aplauden.

Finalmente, dos recomendaciones, si me las permiten, fundadas en la experiencia descrita. Uno: debe nuestra Facultad y la Universidad en general, favorecer la práctica profesional previa y externa, de sus nuevos profesores, antes de su contratación. Y dos: prevenir y atajar en lo posible, la endogamia académica, práctica nociva como todos perfectamente sabemos. Nada más. Muchas gracias.

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