lunes, 15 de mayo de 2017

El beso de una princesa

© Chinita linda. Ciudad de Guangdong, China. 2013
Yo nací en una especie de país de hadas, duendes y pequeños demonios. Tuve nana, mi madre usó zapatillas nacaradas y atavíos que le ceñían la cintura; descendían en pliegues y le llegaban a la mitad de la pantorrilla.

Le gustaba visitar a Margot, la chica del único salón de belleza de toda la ribera. Mi padre usaba unos bigotes diminutos, siempre sombrero, zapatos boleados y pantalones bombachos con 
valenciana.

Recuerdo el collar de perlas de mi madre y de él su reloj suizo y su esclava de plata con incrustaciones de oro. El muro principal de la casa que habitamos por primera vez, estaba todo pintado con dibujos alegóricos: un leopardo yacía sobre el piso ensangrentado, mientras un guerrero negro, sudoroso y casi desnudo se disponía a descargar su lanza contra el león que se abalanzaba desde el peñasco de enfrente.

Muy pronto tuve andadera con doble línea de cascabeles y esferas multicolores, y algo después un cochecito de hojalata, verde, rojo y amarillo; con pedales y volante como los de a de veras. Mi nana alguna vez dijo que nací con mechoncitos de pelo aquí y allá, porque en el avión que me trajeron, venía confundido con los polluelos de una caja. Que una gallina, dándome picotazos a la cabeza, quería deshacerse de mí por mirarme extraño.

La abuela Maria Antonia me confió también, que un día estuve a punto de envenenarme: que en el más absoluto sigilo entré a la recámara —tan sólo dibujada por un biombo de popelina estampada—, me acerqué como pude a la mesita de noche, tomé el frasquito de las “píldoras de vida” de un tal Dr. Rosemblauth, abrí la tapa quién sabe cómo, y me eché todas las pastillas a la boca. Todavía me acuerdo lo dulces que eran, chiquitinas y rosadas.

Pero la siguiente casa que recuerdo era pequeña. Estaba en la esquina de la última calle de la parroquia, viendo hacia las barrancas, el lajerío y los higos y amates que bordeaban el camino, rumbo al río. Desde las banquetas altas que la rodeaban, perfectamente veía el paisaje cercano: la casa del Chato, Romeo y Roselia, la panadera de las semitas más deliciosas; las pilas gigantescas de cantos rodados que servirían para empedrar la calle; el traspatio sombrío de don Ciro Arrazola, siempre flanqueado por un inmenso guanacaste, a veces lleno de ganado; la avenida enfangada y pedregosa que venía del poniente; la casa de adobes desnudos, recién construida por aquel señor de apellido gracioso: ma-rro-quín, como entre “marro” y “botiquín” pensaba, o barbiquín, el fierro que usaba en su carpintería el tío Armando, con el que nos regalaba virutas enrolladas y caracolillos. 

Y después, en lo alto de esa especie de anfiteatro, divisaba al fondo las casitas pequeñas de bajaré, de doña Luz y doña Chonita, a quienes mi madre encomendaba lavar o planchar la ropa.
Pero lo más hermoso estaba junto al tendedero, por el lado de la calle y hacia el oriente: en la casa de plataforma alta —la única con peldaños que recuerdo—, toda embaldosada con ladrillos rojos.

 De tras de ella había un frondoso naranjillo (de los que en Tuxtla nombran nambimbos) y al frente un patio: una pequeña explanada de tierra firme, limpia y amarilla, con una troje o cobertizo, un limonero cuyas ramas daban al suelo y luego la carita de nuestros vecinos: la pecosa Regina, el Toño semidesnudo y Maruja, la más pequeña. Ella habitaba ahí, en esa casa de encanto y era un hada. Una princesa. Sus damas de honor se llamaban Raquel y Gladys, y los reyes, sus padres, don Raúl García y doña Mercedes López.


En una ocasión, ambos sobre la acera encumbrada, ella con sus tobilleras y zapatos rosas y yo con mis botas nuevas y negras —perfecto recuerdo: de las manos del zapatero don Lindoro— disfrutamos el paso de los militares garbosos, con sus galones y charreteras, cornos y tambores, fusiles con bayonetas. 

Tocaban algún redoble y serpenteaban como el camino. Tal vez era algún desfile militar o salían de campaña tras los delincuentes que merodeaban allende el río, rumbo a las milpas y montañas del Chachalaquero. Yo jugaba con sus manos… con el encaje y los listones de su vestido. Sonreíamos de cara al viento cuando ella acercó sus labios y me regaló aquel beso. Fresquecito y diáfano mi primer beso.

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