lunes, 8 de mayo de 2017

Colegio de Parvulitos

© Del colegio Juan XXIII, vestidas de gala. La Concordia, Chiapas (c1972)
De la mano de mi padre, lo recuerdo bien, esa mañana por primera vez iba a la Escuela de Parvulitos, una institución absolutamente nueva en aquel lugar aislado y apacible.

Antes sólo había existido la escuela primaria principal, la Miguel Hidalgo, y la Emiliano Zapata recién construida por el rumbo de don Justo Reyes, frente a la Casa del Pueblo. 

Así que ahora se inauguraba el primer kínder privado, con el apoyo de aquel presidente municipal afable y bonachón, precursor de la moderna agricultura en Los Cuxtepeques. Iba feliz a tomar mis primeras clases, pues para nada me parecían extrañas. Salín Abud, Marco Barragán y dos vecinos más grandes, ya tomaban clases con la Tía Teresita y eso me daba confianza.


Cuando mi madre me encargaba el mandado —frijoles y pan a la casa de doña Eustolia, y queso o mantequilla en la de don Juvenal—, me hacía de mañas para verlos… con sus pequeñas pizarras negras, sus borradores que parecían almohadas y sus gises blancos.

No sentía miedo por la escuela de los chavales ni por la maestra Chayito, quien promovía el parvulario. Yo ya sabía cómo eran las escuelas y cómo los alumnos, pensaba orondo, y entendía que llegaban a aprender las vocales y el abecedario. Que el primer día les llevaban sus padres a la escuela, pero que de ahí en adelante solos se apañaban. Sabía además, que todas las maestras eran como la tía Teresita: adustas y entrecanas, de vestidos largos y voz templada, aunque siempre siempre cariñosas.

Le dije adiós a Miriam, la amiguita de al lado, quien desde el barandal de su casa me despedía. Atravesamos el solar de la tía Adelita con sus amates encumbrados, mi padre despidió a la tía Celidonia, la curandera del pueblo, a quien le pareció de risa que, siendo tan pequeño, me llevaran a la escuela (aunque tocó mi cabeza y santiguó mi frente). Luego pasamos por la casa de tío Tomás Coutiño Coutiño, la Paletería El Popo y el Cine Isabel, la colecturía de rentas y la miscelánea de los Sánchez. Atravesamos la plaza por en medio de la rotonda, donde se celebraban los bailes y kermeses, mientras en la acera del Ayuntamiento los soldados de la guardia se desperezaban.

Por fuerza hube de voltear para ver la iglesia del Señor de las Misericordias, aunque de eso ya no me acuerdo, y llegamos a la esquina, a la oficina del correo. Seguimos por la calle de don Araón Albores y de don Juancho Guerrero y por fin arribamos al barrio de los Guillenes y Rovelos, en donde doña Chayito, desde la casona encalada y más grande, esperaba a la muchachitada. Nos esperaba en el umbral de su puerta, con un bombón en la mano, con sus mejillas rosadas, su cabellera blanca y sus labios sonrientes. Paty y Sandra no querían desprenderse de las faldas de doña Cande, su madre, y Lesbia lloriqueaba desconsolada ante la tía Eloina. Ese fue nuestro primer día de escuela, el de los diez o quince chavales, aunque entre los varones sólo recuerdo a Joel Rovelo y a Quique, el hijo del presidente municipal.

Dos o tres cosas aprendí ese día de doña Chayito, o durante los días siguientes: 1. Que los cochis no se llamaban así, sino marranos o cerdos. 2. Que a los chuchos debíamos llamarles perros, y 3. Que todos los días debíamos saludarla con un “buenos días profesora Chayito”. En la sala de su casa, convertida en aula, había un pizarrón y al lado una mesa. Cierro los ojos y como en un sueño apenas distingo los mesabancos que, aunque pequeños, servían para sentarnos de dos en dos; el piso era de ladrillos recocidos, cuadrados y rojos y, sobre la pared blanca había un mapa de colores y puntos negros y muchas letras y trazos incomprensibles.

Pero además, lucían un par de almanaques: uno con un “rey” y una “reina” aztecas, ambos semidesnudos. Ella sobre los brazos de él y él con un penacho de plumas. Detrás de la escena, una montaña descomunal, se alzaba, cubierta de “nieve”, esto de acuerdo con alguna de las explicaciones de la maestra Chayito.

Aquella escuela de parvulitos tenía un techo muy alto, un corredor enorme, un jardín como el de la abuela Mariantonia y un escusado con retrete de madera y fosa. Y muy claro recuerdo que ahí aprendí otra cosa inolvidable. Supe por primera vez que para jueriar y esas cosas, debíamos pedir permiso… no para orinar o cagar —¡Válgame Dios, santas palabras!—, sino para ir a hacer pipí o para ir a hacer popó. Que nunca más debíamos decir aquellas palabras; las que habíamos aprendido en casa.

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